lunes, noviembre 10, 2003

El regreso a casa fue cargado de expectativas, que terminarían por irse al caño como muchas otras cosas, y un poco accidentado. Una escala nada técnica en Tabasco me ayudo a espantarme algunos moscardones de esos que luego llamamos recuerdos y que sirven para empapelar de nostalgia el cajón donde solemos guardarlos. Bueno, el caso es que fuera de esa escala técnica el regreso pasó más de prisa de lo esperado (tomando en cuenta lo difícil que fue la ida).
Y al fin aterricé, y una semana después de la salida estaba ya en las calles de la colonia y con las maletas en mano. Después del recibimiento y en lo que la rutina regresaba a mis manos me pusieron al tanto de lo sucedido. De los secretos a voces que por fin se aceptaban, de lo que para la familia había implicado, del trabajo que les había minado la moral y de como lo vieron morir. Trago amargo que me tocó de lejos y de oídas.
El regreso a la normalidad fue paulatino y me costó algunas semanas, en lo que decidía por donde debía seguir. Así, una vez tomada la decisión solo fue cosa de estirar las piernas para empezar a caminar y llegar al DF, teniendo como primera parada la casa de mi tío. Abrir la reja y tratar de espantar el polvo de los días fue lo primero. Después hubo que acostumbrarse a los olores, a los objetos, a las manías de quien ya no estaba pero no conseguía irse del todo.
Al principio fue caminar a tientas, dando pasos muy muy cortos, después de todo estaba en casa ajena y el miedillo era una molestia constante...

Continuará

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