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martes, enero 22, 2008

¿Dónde estamos parados?

Ipod, Kindle, memoria externa, placer, rituales mediáticos a la carta, gadgets varios y afuera un mundo que se mueve a gran velocidad, descreído cínica y superficialmente, pero al fin nuestro.
Despertamos todos los días en mañanas que muy poco tienen que ver con las de nuestros padres; hablamos, al menos en el discurso, de democracia –cualquier cosa que eso signifique– de rendición de cuentas, de transparencia, mientras tomamos un café en la boca del metro o mientras conducimos, para llegar dos horas después al lugar de trabajo.

Jamás estamos solos aunque vivamos en mundos autistas de audífonos, teléfonos celulares o dispositivos varios, la cercanía del otro es continua, mezcla humores, roza los cuerpos, ¿quién podría sentirse sin compañía así?

A los amigos los vemos diferidos en casa. No sé en qué momento X me dejó saludos en myspace y apuntó su última cita en facebook, pero no importa, cuando me conecte será como si lo acabara de hacer, entonces yo también le dejaré un mensaje y escribiré del mal chiste de la oficina en el blog.

Amistad a la carta, aunque a la mayoría de mis contactos los conocí en el trabajo o la escuela, más del 70 por ciento de ellos son fotos que jamás he visto fuera de la pantalla, pero a pesar de ello conozco las historias de muchos de ellos, más de los que han recibido un mensaje mío en su espacio en la red.

¿El bienestar del consumo?

Detrás del capitalismo no llegó la revolución marxista y el fin de la historia, sino una mutación del sistema para elevar el consumo a piedra de toque de una sociedad que diariamente emprende millones de transacciones entre particulares, grupos y sociedades, no todas de manera consciente.

Elegimos el shampoo, los utensilios de cocina y al gobernante en turno más por sus atributos comerciales y su mercadotecnia que por su capacidad de gobierno real, nos seduce muchas veces más una sonrisa, una actitud, e incluso unas lágrimas que el discurso ideológico; recorrimos al centro todas las opciones políticas, los extremos son políticamente incorrectos, y hoy apenas se observan las diferencias de fondo.

Somos mercados potenciales y segmentos a conquistar, a la vez que consumidores. Según Zygmunt Bauman somos los promotores del producto y el producto que promovemos. Somos, “al mismo tiempo, encargado del marketing y mercadería, vendedor ambulante y artículo en venta”.
Un consumo, este o cualquier otro, que lleva como motor el deseo y su satisfacción, sin importar si nace de la programación y el artificio a la manera de Baudrillard o si es una respuesta engendrada de la necesidad de satisfactores.

Y sin tomar en cuenta la disparidad de posturas, desde los que como Vicente Verdú celebran su llegada como un elemento de disfrute que responderá a “una humanidad reunida y planetaria, menos racional y política, pero más afectiva, moral y compleja. Más extrovertida o consumista que abroquelada y reprimida”; hasta los que apuntan que la única misión ahora será tratar de levantar la cabeza sobre una chatura gris de invisibilidad e insustancialidad a base de la posesión y usufructo de objetos; sin importar, de momento todo ello, ese es nuestro patio de juego.